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 11 de Marzo de 2009 | Sexo sin tabú - Elizabeth Araujo - www.el-nacional.com 

Probar otras prácticas requiere la anuencia del otro.

Desde la ausencia de caricias previas hasta juegos que producen daños, muchas parejas piden con urgencia una misión Robinson para el disfrute del sexo
.

Digámosle Juan, 38 años de edad, una atractiva barba tipo candado, profesor universitario y tres posgrados en tres países, como lo explica su abultada carpeta curricular, a la que sólo le falta añadir "ex empleado de la NASA" para llamarlo el hombre perfecto. Pero cuando Juan se tutea con el sexo es un desastre, y tras una infructuosa batalla en la cama, su mujer lo mira con indulgencia y casi en silencio le dice "tas ponchao".


Es verdad, el deseo sexual es instinto animal, pero en los humanos se junta la emoción vinculada a la satisfacción de los sentidos y el placer. La excitación es respuesta a la activación fisiológica que causa el deseo y en la que actúa la proyección subjetiva del placer. De modo que cuando el cuerpo reacciona sexualmente ante los estímulos eróticos se producen respuestas fisiológicas, pero también mentales. Las primeras abarcan las sensaciones físicas como erección del pene, de los pezones femeninos o erizamiento de la piel, mientras que lo psicológico se suma mediante fantasías e imágenes eróticas, conscientes o inconscientes.

"Esta reacción es expresada en cada individuo de manera especial: algunos con jadeos ruidosos y otros con silencios; con miradas fijas o los ojos cerrados, siempre con la misma postura o con una nueva acrobacia en cada ocasión; unos deciden gritar lo que sienten, otros son atentos a los signos corporales que delatan la respuesta de la pareja", resume el sexólogo Rubén Hernández para quien, fisiológicamente hablando, la respuesta es la misma tanto en hombres como en mujeres.

La diferencia está cuando alguien asume el sexo como una carrera de 100 metros planos, mientras otro le pone condimentos y fantasea que es actor porno o agrega palabras ofensivas que se acrecientan cuando se aparece el orgasmo.

Llámenlas parafilias. Como se ve, no hay forma de ponerle boleta de infracción al acto sexual, salvo aquellas prácticas admitidas como físicamente dañinas y moralmente reprobables.

"Digamos que la tendencia actual es la búsqueda de otras prácticas y algunas veces se ha llegado hasta los extremos, lo que explica la profusión de tiendas eróticas", indica Hernández y subraya que para 1981 se reconocían 8 formas de conductas sexuales inusuales, y hoy existen más de 1.000.

La última: la uretraplomofilia, que consiste en introducirse balines de plomo en la uretra, lo cual produce un sonido estruendoso durante el acto sexual; sin contar con los ya clásicos piercing en la vagina y el pene, o el vibrador de doble penetración. Un principio que data el siglo XIX y que trata de explicar el dolor como fuente intensa para llegar al placer.

De hecho, hoy no se emplea el término desviaciones sexuales sino el de parafilias, y al respecto Charles Mosser, del Instituto en Estudios Avanzados de Sexualidad Humana en San Francisco, California, mantiene su lucha contra definiciones sexuales que permanecen en la clasificación psiquiátrica sin que nadie las haya revisado, lo que lleva a pregun- tarse por qué se siguen considerando las parafilias como un desorden mental.

El dolor erotizado.
Para los sexólogos, el sexo de este siglo también cambió, y ya no se trata de unos juegos olímpicos donde lo que importa es competir, sino la obtención ­a como dé lugar­ del placer. En otras palabras, el dolor se está erotizando.

"Aquí no vale la calificación de bueno o malo, sino la posibilidad de admitir cualquier acto que procure placer, siempre y cuando la pareja esté de acuerdo y preparada para involucrarse en ello, como en el clásico filme El imperio de los sentidos, prestando atención a no cruzar los extremos que le pueden hacer daño al otro", explica, en referencia, además, a la introducción de objetos en el ano, lo que causa lesiones que requieren la intervención quirúrgica.

"Las conductas sexuales inusuales deben ser consensuadas; no pueden ser manipuladas por uno de los dos. A muchas parejas les fascinan los juegos del átame y castígame, pero puede suceder que a la persona que no está preparada el juego se le convierta en un infierno. Estas prácticas tienen que ser seguras, sanas y consensuadas, que permitan negociar el límite adecuado para que la gente se sienta bien.

Hay que respetar al otro", señaló.

Que una mujer le pida al marido que la insulte o que el hombre se crea Rocco Siffredi (actor porno superdotado) hasta que llegue el orgasmo, todo es posible en los juegos amatorios de una pareja. Eso, o que un día a uno de los dos, por no haber confesado sus placeres, termine involucrando a un tercero.
 
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