NO MORIR POR IGNORANCIA.
A mediados de los años 1980, grandes afiches cubrían las paredes del Metro de Londres. En letras enormes, de color vistoso sobre fondo negro, se podía leer el mensaje: “Don’t die of ignorance!”
El gobierno de Margaret Thatcher así lanzaba una campaña agresiva para la prevención del sida. El virus se conocía, sus modos de transmisión también, igualmente las maneras de evitarlo.
Esta campaña obtuvo un efecto real, el espíritu de disciplina de los británicos lo permitió.
Todavía hoy en día, Inglaterra es uno de los países donde la epidemia tuvo menos impacto. Gracias a los tratamientos, el sida ya no es una enfermedad terminal.
Desgraciadamente, en nuestro planeta todavía hay muchos lugares donde la gente muere de sida, algunas veces porque no se tienen los medios para evitarlo, también porque se cree que se trata de un castigo divino, o una maldición de algún brujo, y que, por lo tanto nada se puede hacer.
Este abismo, entre los conocimientos que podrían salvar la vida de tanta gente y los comportamientos y creencias que conducen a la muerte, no vayamos a creer que solamente se encuentra en los países exóticos, y solamente cuando de sida se trata. También existe en nuestro país (Francia). Nosotros que somos tan orgullosos de nuestra famosa Gran Medicina y de nuestros Grandes Medicamentos. Un cáncer, un infarto al miocardio, destruye sin previo aviso a un hombre o a una mujer joven, un cansancio insidioso se instala duraderamente, sin ninguna razón aparente, una enfermedad neurológica se instala y va paralizando los miembros lentamente; epidemias virales sobrevienen las unas después de las otras.
Se debe al hecho del azar, de la mala suerte o de una predisposición genética que nuestros médicos invocan todavía ahora: “Pero estimado señor, no hay nada que hacer sino lograr disminuir lo síntomas” puede decir el médico a su paciente. El fatalismo ya no es de origen divino pero todavía existe en la mente de ciertos médicos y de sus pacientes.
Allí se sitúa la gran deficiencia de la medicina actual. Todavía se nutre de conceptos que permitieron grandes éxitos en el pasado, hasta diría un pasado reciente: Una enfermedad, un agente infeccioso, un medicamento o una vacuna. Esta regla de tres unidades no se aplica correctamente sino para el control de enfermedades infecciosas agudas. Ahora bien, tenemos que reconocer que el médico se encuentra ahora desamparado cuando enfrenta enfermedades complejas cuyas causas múltiples se adicionan las unas a las otras, para un día desencadenar una catástrofe nada prevista, pero sí, previsibles.
Aquí lo que está en juego en la medicina actual: Prever la aparición de las enfermedades crónicas tratando de prevenirlas, para disimular nuestra ignorancia, a menudo bautizamos estas enfermedades de “idiopáticas” o de “autoinmunes” cuando no es la edad que involucramos, por lo tanto el mal sería inevitable e incurable. Tratamos simplemente de borrar las consecuencias, las más visibles de nuestras enfermedades.
Un ejemplo caricatural es el de la utilización inapropiada de los anti-inflamatorios en las enfermedades articulares, cuando la inflamación es una reacción normal y útil del organismo y que hay causas precisas, infecciosas, detrás de esta reacción. Pero para descubrirlas, lo que más se requiere es la voluntad de buscarlas.
Inspirado por mi aventura personal con el sida, he querido demostrar gracias a las experiencias de laboratorio que muchas enfermedades que atribuimos al envejecimiento – pero que le pueden tocar a cada uno de nosotros a cualquier edad – pudieran tener otras causas precisas y que solamente el conocimiento de estas causas permitirán prevenirlas.
Es cierto que identificar causas múltiples cuya importancia relativa puede variar de un individuo a otro no es simple. Esto requiere, además de exámenes de laboratorio muy precisos, un profundo conocimiento de su paciente por el médico de su historia, un diálogo que requiere tiempo en una época cuando tanta falta hace.
También es necesario aceptar esa sutil dialéctica que hace que una causa se puede volver consecuencia, o vice-versa; es el caso del stress oxidante (estado de desequilibrio bioquímico constituido por un exceso de moléculas extremadamente reactivas derivadas del oxigeno (radicales libres), cuando las defensas anti-oxidantes del organismo son insuficientes), un denominador común para muchas de estas enfermedades. Todavía tendremos que esperar la disponibilidad de tecnologías nuevas para detectar las huellas de uno o varios agentes infecciosos que actúan juntos.
Pero la revolución está en marcha y ya nada la detendrá, ya que no hay una mejor solución para el ciudadano y la sociedad: una medicina personalizada, integrativa y predictiva está llamada a desarrollarse en detrimento de la medicina en crisis. Con una palabra de peso: LA PREVENCIÓN.
Ciertamente, otros problemas surgirán. Seguramente epidémicos. Sin mencionar las amenazas ya en gestación: El recalentamiento climático, la demografía sin regular, la inigualdad de los desarrollos, las ideologías totalitarias. La medicina y la ciencia médica no podrán atenderlo todo, pero el valor más común a todos los hombres sean cuales sean sus creencias o sus diferencias culturales, es sin lugar a dudas la salud, la búsqueda de la buena salud. Y, de la enfermedad generalizada al caos social y económico, no hay sino un paso.
Por esto, la investigación médica aparece más y más indispensable para evitarnos la auto destrucción y protegernos de los peligros que nos rodean.
De hecho, frente a estos nuevos retos, es urgente que se busquen las respuestas correctas, que se adapte y reaccione. Un gigantesco reto que atender. Sólo corrigiendo sus deficiencias lo podrá lograr y esto acercándose de sus pacientes.
No progresará sino buscando dentro de los adelantos de las ciencias de la vida así como dentro de los conocimientos adquiridos de manera empírica, demasiado a menudo menospreciados. Solamente reencontrando su vocación originaria nos podrá salvar, lejos de los intereses económicos, más cerca de la prudencia de Hipócrates y de su regla primera: primum non nocere… ¡Primero, no perjudicar! Más bien prevenir que curar mal o no curar del todo…Reforzando nuestras defensas inmunitarias y anti-oxidantes, conociendo y reduciendo los factores de riesgos que nos rodean, si no podemos escapar a ciertas enfermedades, por lo menos nos estaremos protegiendo de ellas. De nuestra capacidad a enfrentar este reto depende nuestro porvenir: ¿Acaso vamos a perder sobre el terreno de la salud la esperanza de vida que tan duramente hemos conquistado sobre el tiempo? ¿Acaso vamos a despilfarrar este suplemento de porvenir tan preciado, este futuro siempre más cerca que pagamos tan caro?
En este libro, quise reconciliar el lector, llamado profano, con la ciencia o, más bien con sus ejecutantes. Ciertamente los investigadores de ninguna manera son santos, son seres humanos con sus defectos y sus cualidades. Los riesgos de desliz, de perversión, son reales y lo escribo sin temor. Las estructuras de la investigación aparecen bastante imperfectas, hay ovejas negras (charlatanes), se teme el bioterrorismo pero, a pesar de todo, la suma de nuestros conocimientos, nuestro confort de vida, nuestra buena salud, todo esto se lo debemos en gran parte a los “sabios”. Los investigadores buscan mucho, a menudo en vano, pero, algunas veces atinan.
Imagino un brinco hacia atrás de tres siglos: El anciano Rey Luis XIV, desde la ventana de su carroza o de su silla de manos, ve pasar en el cielo un largo huso blanco, cree en un milagro. Sólo un ser divino puede conseguir este prodigio de desplazarse más rápidamente que el sonido – es un Concorde – y alcanzar la Nueva Ámsterdam en tres horas. No puede imaginar la suma de descubrimientos, de invenciones tecnológicas, de cálculos matemáticos que, poco a poco los hombres han acumulado para realizar esta maravilla.
Otro milagro: Un hombre vestido de blanco conduce a su Majestad, no precisamente a uno de sus hospicios sino a un hospital. En algunos días ya lo liberarán de sus cálculos renales, de su infección urinaria y de su fístula anal. Ya está equipado de una dentadura nuevecita. Desde el hospital, lo llevan al Centro de medicina preventiva donde unos sabios le van a recomendar comer menos, sobre todo de evitar carnes y cacerías que adora, de correr todas las mañanas en el parque de su castillo de Versalles, y de tomar unas cuantas píldoras inofensivas. He aquí a nuestro rey Sol totalmente repotenciado, listo para atravesar el siglo XVIII, a seguir los acontecimientos de su reino y del Nuevo Mundo a través de unas extrañas ventanitas…
Estos milagros, cada día los vivimos, nos aparecen como evidentes. Todavía un esfuerzo, un empujoncito – por decirlo todo, una toma de conciencia – y lograremos vivir un siglo gozando de buena salud.
NOTA DEL TRADUCTOR:
Este texto es sacado del libro de LUC MONTAGNIER, descubridor del virus causante del sida. Hace ya 25 años!
"Luc Montagnier, Les Combats de la Vie "
"Mieux que guérir, prévenir"
JC Lattes Febrero 2008
Más comentarios para la reflexión.
Uds. los jóvenes podrán ser los candidatos para lograr esta larga vida.
No desperdicien la oportunidad.
Por Internet, también aparecen recomendaciones para vivir mejor y no solamente para mejor hacer el amor y para disfrutar momentos fugaces…
Bernard Chappard
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www.salvasida.com
Respetarse a sí mismo es respetar la vida
Temer no es suficiente
Saber es esencial
Educar es la clave
La lucha contra el SIDA es tarea de todos